DOMINGO de la VII SEMANA DE PASCUA, (Tercera Semana del Salterio)
SOLEMNIDAD
DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
Ubicada
entre Pascua y Pentecostés, es decir, entre la resurrección de Cristo y la
venida del Espíritu Santo sobre el grupo de los apóstoles, la Ascensión sólo
puede entenderse en relación con estos dos acontecimientos salvíficos. La
Ascensión es parte del increíble despliegue de la Pascua: por su muerte y
resurrección, Cristo salvó al hombre que, después de él, ahora está llamado a unirse
a Dios para vivir en su gloria.
Las
Iglesias celebran con la máxima solemnidad y gozo la liturgia de la
glorificación del Señor. Los apóstoles retornaron a Jerusalén llenos de gozo.
Es la alegría de saber que Jesús con su humanidad está con el Padre y que él
volverá de la misma manera como le han visto irse, es decir, en la gloria del
Espíritu Santo. Se ha marchado, pero ha dejado una promesa: ellos, recibirán la
fuerza del Espíritu Santo. Por tanto, la Ascensión del Señor no inaugura una
ausencia de Jesús, sino una nueva presencia en el Espíritu, en la Iglesia y en
sus sacramentos. Un día grandioso, pues el
Señor asciende entre aclamaciones y se sienta en su trono sagrado (salmo cuarenta y seis): es lo que alegres
cantamos con el orante en la liturgia de hoy, sobrecogidos de asombro. La
humanidad caída ha entrado en el seno de la Trinidad.
La solemnidad de la Ascensión se origina en
Jerusalén en el siglo V y desde los orígenes la lectura de los Hechos está
presente en la liturgia de la Palabra. El relato sirve de introducción a todo
el libro, pues la Ascensión del Señor inaugura la historia de la Iglesia. No es
el relato del final de la vida de Jesús sobre la tierra sino el punto de
partida de una vida nueva en la Iglesia. No se puede contemplar la Ascensión
del Señor en la gloria del Padre sin constatar la resonancia misionera del
acontecimiento. Ellos serán bautizados con el Espíritu Santo dentro de pocos
días. Los apóstoles preguntan sobre la restauración de Israel y el Señor les
dice que están llamados a ser sus testigos hasta el confín de la tierra.
El símbolo de la nube (propio de las grandes
teofanías) es una imagen del Espíritu Santo. El Señor ha venido en el Espíritu
Santo y volverá en la gloria del mismo Espíritu. Ellos no deben estar mirando
al cielo, sino volver a la ciudad para recibir la fuerza del Espíritu Santo,
que será la nueva presencia del Señor entre ellos.
A Jesús ya no lo verán más con los ojos del cuerpo,
sino con los ojos del corazón (segunda lectura). Son los ojos de la fe (ocula fidei). El salmo cuarenta y
seis, secularmente aplicado al misterio que hoy celebramos, canta la alegría de
la Ascensión de Jesús al Padre. El Cristo resucitado que asciende al Padre debe
ser alabado por todos: Pueblos todos, batid
palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo. Es una alegría universal.
El leccionario propone para la segunda lectura dos
textos alternativos. Ambos textos son de la carta a los Efesios. En el primero
(opción 1) el apóstol expresa el deseo que Dios ilumine los ojos del corazón
para que comprendamos la esperanza que se desprende de la glorificación del Señor
y la riqueza de la gloria que da a los santos, Cristo ha sido dado a la Iglesia
como cabeza y ella es su cuerpo. Él es la plenitud del que colma todo en todos.
En el segundo texto (opción 2) san Pablo hace una exposición de la unidad de la
humanidad incorporada a Cristo por la misma fe, el mismo bautismo y los mismos
carismas. Eso s posible porque el Señor ha sido glorificado, ha ascendido a los
cielos, y sólo el que subió por encima de los cielos para llenar el universo puede
entregar el Espíritu y sus carismas a sus hermanos. Para reforzar su
argumentación se sirve de una exégesis particular del salmo sesenta y siete,
que será precisamente el gran salmo de las Ascensión y de Pentecostés: Ascendisti in altum, cepisti captivitatem, accepisti
dona in hominibus (subió a lo alto, llevando cautivos y dio dones a
los hombres.
El Evangelio de Marcos termina con el texto que se
proclama hoy: la última aparición de Cristo resucitado a la comunidad
apostólica. Deberán ir a toda la creación a predicar el Evangelio y la
salvación. Se les dice que no siempre encontrarán la fe y que habrá quien se
excluya a sí mismo de la salvación por su falta de fe. La profesión de fe y el
bautismo van juntos. Para su misión, y para los que vengan después de ellos,
les será dada la asistencia del Espíritu, por la cual el Maligno será
expulsado, recibirán el don de lenguas y el de la curación. Esto era lo último
que debía conocer la Iglesia. Ahora su misión puede empezar. Serán por la
gracia del Espíritu capaces, audaces y vencedores. Habrá siempre una magnífica
cooperación entre el Espíritu y la Iglesia: El Señor cooperaba
confirmando la Palabra con las señales que los acompañaban.
La salvación cristiana está en el centro. Una salvación que la Iglesia predicará
y comunicará con los sacramentos.
Sabed que yo estoy con
vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Aleluya.
(Mt. 28, 20)
¡Paz y bien!
& Lectura del libro de los Hechos de los
Apóstoles. (Hch.
1, 1-11)
«A la vista de ellos,
fue elevado al cielo»
& Salmo Responsorial (46)
«Dios asciende entre
aclamaciones; el Señor, al son de trompetas»
& Lectura de la carta del apóstol san
Pablo a los Efesios. (Ef.
1, 17-23)
«Lo sentó a su derecha
en el cielo»
X Lectura del evangelio según san Juan. (Mc.
16, 15-20)
«Fue llevado al cielo y
se sentó a la derecha de Dios»
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