DOMINGO DE LA X SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, (Segunda Semana del Salterio)
SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
Lauda,
Sion, Salvatorem. La
nueva Sión, Jerusalén espiritual, donde se reúnen los hijos e hijas de Dios de
todos los pueblos, lenguas y culturas, alaba al Salvador con himnos y cantos (cum
hymnis et canticis). En efecto, son inagotables el estupor y la gratitud de
la Iglesia por el don de la Eucaristía. Este don supera toda alabanza: “Jamás
podrás alabarle lo bastante” (Secuencia del Corpus). La bellísima
antífona del Magnificat de las II Vísperas expresa admirablemente el
misterio eucaristíco: “O sacruym convivium in quo Christus sumitur;
recolitur memoria passionis eius, emns impletur gratia, et futurae gloriae
nobis pignus datur” (¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida, se
celebra el memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la
prenda de la gloria futura!)
Cada
vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía “proclamamos la muerte del
Señor hasta que vuelva” (donec venias). El fruto precioso es la unidad
del Cuerpo místico: “la Eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia hace la
Eucaristía”. Ciertamente, sin el Bautismo y la Eucaristía, la Iglesia no sería.
En la santísima Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a
saber: Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vio por su carne, que da la vida a
los hombres, vivificada y vivifiacante por el Espíritu Santo. La Secuencia
termina con esta súplica: tuos ibis comensales, cohoeredes et sodales, fac
sanctorum civium (“admítenos en el Cielo entre tus comensales y haznos
coheredereos en compañía de los que habitan la ciudad de los santos”).
Tanto la Misa como el Oficio fueron
compuestos por santo Tomás de Aquino. Reclamamos la atención sobre el segundo
responsorio del Oficio:
“V/. Reconoced el
pan al mismo que pendió en la cruz; reconoced en el cáliz la sangre que brotó
de su costado. Tomad, pues, y comed el cuerpo de Cristo; tomad y bebed su
sangre. Sois ya miembros de Cristo.
R/. Comed el vínculo que os
mantiene unidos, no sea que os disgreguéis; bebed el precio de vuestra
redención, no sea que os despreciéis”.
En el
Ciclo B las lecturas de la solemnidad son ua intensa referencia al misterio del
Cáliz y de la Preciosísima Sangre del Señor. En el Evangelio, la narración de
la institución de la Eucaristía según Marcos. El Señor -como a los discípulos-
nos encarga una cierta preparación de la mesa eucarística, pero el protagonista
es Él. Es Jesús quien realiza lo completamente imprevisible y grandioso, toma
pan ordinario y dice: “Este es mi cuerpo”. Y aún más incomprensible que lo
primero, toma el cáliz, y dice: “Esta es mi sangre, sangre de la alianza,
derramada por muchos”. Anticipa así el derramamiento de la sangre en la cruz.
Remite al origen de la primera alianza en el Sinaí, tal como escuchamos en la
primera lectura. La antigua alianza se consuma cuando el mediador definitivo
aparece ante el Padre “con su propia sangre”. Así expía los pecados de la
humanidad y sella una Alianza nueva. El derramamiento de sangre de los
sacrificios, presente en todo el Antiguo Testamento culmina y se realiza en él
“En virtud del Espíritu eterno” (Heb. 9, 14).
El
salmo confirma que las lecturas versan en este ciclo sobre el misterio del
Cáliz. Así, la Iglesia canta: “Alzaré la copa de la salvación, invocando tu
nombre”. Un detalle precioso de la actualización sacramental se encuentra
en el Canon Romano, cuando en las palabras previas a la consagración del
cáliz se dice: “Del mismo modo, acabada la cena, tomo este cáliz glorioso”
(praeclarum calicem).
El que come mi carne y bebe
mi sangre habita en mí y yo en él, dice el Señor.
(Jn. 6, 57)
¡Paz y bien!
& Lectura del libro de Tobías (Tob.
12, 1. 5-15. 20)
«Esta es la sangre de la
Alianza que el Señor ha concertado con nosotros»
& Salmo Responsorial (115)
«Alzaré la copa de la
salvación, invocando el nombre del Señor»
& Lectura de la carta a los Hebreos. (Heb.
9, 11-15)
«La sangre de Cristo
podrá purificar nuestra conciencia»